Lejos del microscopio de los ortodoxos del arte -donde a Carlos Andrés Calvo se le podrían encontrar seguramente millones de defectos técnicos-, en el olimpo de los pibes que aspirábamos a entrar en la madurez, Carlín no merecía ningún análisis frío ni detallado; era simplemente una imagen providencial. Un Dios. A algunos nos tomó su fiebre en la época en que su perfil era original, de fábrica, y recreaba las andanzas de Cholo Minelli, el hijo del diarero, el descarriado archirival amoroso de su padre, El Rafa. Otros, se dejaron inocular por el virus en los altisonantes días de Carlos Cantoni, el galán del exitoso binomio de Amigos son los Amigos.
En uno y otro personaje, el atorrante de San Antonio de Padua afloró en su máxima expresión y alimentó un prototipo que no sólo hacía suspirar a nuestras compañeras de banco. Todos, extasiados frente a la pantalla, tratábamos de copiar sus tics y reteníamos sus muletillas. Su imagen era la corporización de un módico sueño de la esquina: ser entradores, simpáticos, un poco chantas, ganadores con las minas, respetuosos de los códigos de la virilidad y la amistad entre varones, laburar de poco a nada acaso como una respuesta de espejo deformado a tanto esfuerzo de nuestros mayores inmigrantes. En esa tarea de carbónico consumimos buenas horas, entretenidos momentos, siempre decorados con situaciones disparatadas, de comedia. Nos sentimos grupo de pertenencia de un Isidoro Cañones sin esquirlas de alguna alcurnia, un playboy del conurbano. Fuimos devotos de un modelo de vida inasible pero entrañable. Corrimos detrás de una zanahoria que nos posibilitó volar, humildemente, en una aleteo prosaico desde el umbral al centro de la vereda. Pero remontamos vuelo.
Porque todos fuimos, aunque más no sea en la intimidad de nuestras fantasías más recónditas, un poco Carlín, siempre amaremos a Carlos Calvo.
Al hombre que es débil porque no se atreve a entregar su corazón de niño.
Al amigo invisible, que sabemos, está del otro lado de la pantalla defendiendo sus viejas banderas para que nuestros sueños adolescentes no mueran. Al actor subordinado a la genialidad de sus ráfagas de espontaneidad, a los mohines que ya nos pertenecen, a los dichos que son nuestros dichos, aun en detrimento de su riesgo artístico. Al personaje que generosamente dejó escapar de sus manos para que se transforme en un habitante de su pueblo, de nuestro imaginario más querido. Todos somos Carlín por lo que Carlos Calvo, el ser humano, aunque esta vida sea una lucha, se puede amparar en los pliegues de nuestras almas. Se lo decimos en un coro que son millones de voces; amigos son los amigos, Carlos, con nosotros tenés la espalda cubierta. Vos, fumá.

Daniel Roncoli

 

TELE CLICK 12-05-93

Gracias Daniel !!!